Lee Harvey Oswald se llevó a la tumba el secreto del magnicidio del presidente John F. Kennedy. ¿Y si el pistolero, el autor del asesinato, no hubiese muerto a balazos escasas 48 horas después, estando esposado y en los cuarteles de la policía de Dallas?

No es una pregunta retórica. Hace casi cuatro años, cuando el 22 de noviembre del 2013, en la ciudad de Texas, se conmemoró el 50.º aniversario del tiroteo que acabó con la vida de Kennedy, periodistas que cubrieron ese acontecimiento se reunieron para rememorar esas jornadas inolvidables.

Uno de los que despertaron más entusiasmo fue Mike Cochran, reportero que en aquella época trabajaba para Associated Press (AP) y al que le tocó asistir al entierro de Oswald. Como ese 25 de noviembre de 1963 no había dolientes en el cementerio de Rose Hill, en Fort Worth, los policías pidieron a los informadores que arrimaran el hombro para cargar el féretro. Cochran recordó que, de entrada, dijo no: “Ni en el infierno”. Al ver que su competidor directo, Preston McGraw, de la United Press International (UPI), aceptaba, “comprendí que ese era el artículo”, confesó.

Tuvieron que esperar un buen rato. Empezó a correr el rumor de que Oswald no era el de la caja. “Los oficiales tuvieron que confirmar que sí era él”, evocó.

Ahí no había retórica, sino la certificación de que la gran teoría conspirativa de Estados Unidos ya estaba en marcha.

La URSS era el enemigo, pero hoy Rusia es un presunto colaborador de Trump

A los 54 años del suceso de Dealey Plaza, Donald Trump, el presidente estadounidense más conspirativo, se ha encontrado con un regalo, y una distracción para los constantes avatares de su errático mandato, al caducar el secreto impuesto en miles de páginas de esta tragedia. Si entonces se entrometían los soviéticos como enemigos, hoy se sospecha que lo hacen sus herederos, los rusos, aunque como presuntos colaboradores del actual inquilino de la Casa Blanca.

Los documentos desvelados esta semana vinculados a la desaparición de Kennedy, sin aportar un cambio narrativo, supone un regreso al corazón de la guerra fría. Una vuelta a ese mundo dividido en dos bandos, de espías contra espías, intrigas, asesinatos y complots clandestinos que trasciende a los relatos novelescos y describen la paranoia por las sombras que poblaban las cloacas del poder tratando de cambiar el rumbo de la historia.

En ese cara a cara entre los dos bloques, Cuba se sitúa en el centro, como una obsesión del gobierno Kennedy. Una vez que fracasó con la incursión de la bahía de Cochinos, estos informes ilustran la obsesión por derrocar al ejecutivo de Fidel Castro.

Un documento apuesta por los sabotajes al servicio eléctrico cubano o la distribución de alimentos en la isla, algo que puede atribuirse a la oposición interna. En cambio, desaconseja el uso de “agentes biológicos” porque el trazo conduciría a EE.UU.

Los papeles confirman la obsesión del gobierno Kennedy por acabar con Castro

La cabeza de Castro se valoró en 150.000 dólares, que luego, por cara, se rebajó a 100.000. También se hicieron ofertas “por dos céntimos”, y el mafioso Giancana se ofreció si pinchaban la habitación de un showman en Las Vegas para confirmar si se acostaba con su amante.

Entre las propuestas para matarle figuran envenenar su comida con píldoras de botulismo, contaminar su traje de buzo con un hongo letal o colocar conchas explosivas en su zona favorita para practicar el submarinismo.

La irrupción de esta trama se debe a que este 26 de octubre venció el plazo de 25 años con el que el presidente George H.W. Bush selló algo más de 3.000 informes. Lo rubricó después de que la película JFK, de Oliver Stone, sugiriera una gigantesca conjura contra Kennedy, con el ejército y la CIA de protagonistas.

Pese a ser un exponente de la posverdad, Trump se erige en adalid de la transparencia. Optó por sacar 2.981 informes, sólo 53 inéditos. Al fin atendió la petición de los mandos de inteligencia, apelando a razones de seguridad, para retener los 300 dossiers más relevantes, al menos hasta abril.

Está claro que los conspirativos sienten frustración porque no hay ningún papel en el que se determine que a Kennedy lo asesinaron los soviéticos, la mafia, los cubanos, el FBI, la CIA, su sucesor, Lyndon B. Johnson –el KGB extendió la sospecha sobre él, mientras que Johnson llegó a decir que Kennedy murió como venganza por el asesinato del presidente de Vietnam del Sur Ngo Din Diem– o una combinación de todos esos factores. Sin embargo, existen piezas que refuerzan sus tesis, como la frase de J. Edgar Hoover, director del FBI, que dictó el 24 de noviembre de 1963: “Me preocupa tener problemas para convencer a la gente de que Oswald es el verdadero asesino”.

A Castro quisieron envenenarlo o ponerle un hongo letal en su traje de submarinista

Previamente, al pistolero ya lo siguieron a México, donde se cree que, en su visita a la embajada soviética, contactó con un cargo del KGB adscrito al “departamento de sabotajes y asesinatos”.

En esta línea de intriga consta una llamada anónima a un pequeño diario británico, Cambridge News, en el que les avisaron de que se iba a producir una gran noticia en Estados Unidos. A los 25 minutos ocurrió lo de Dallas.

Otro punto turbio se centra en el chivatazo que recibió el FBI de que, una vez detenido, iban a tratar de acabar con Oswald. Hoover dio la orden de que se avisara a la policía local. Por lo visto, no prestaron mucha atención, y Jack Ruby, tipo turbio, propietario de un nightclub y amigo de los uniformados, se coló en los cuarteles y calló la boca del magnicida.

En la investigación sobre Ruby, los agentes se volcaron en la búsqueda de Kitty, una stripper a la que se asoció con el vengador. Nunca se logró dar con ella.

Si están los Kennedy, hay sexo. Una prostituta de lujo apreciada en los círculos de Hollywood contactó con agentes del FBI. Se remonta a 1960. Les contó que un detective privado, Fred Otash, muy conocido en los círculos de Los Ángeles, se acercó a ella requiriéndole información sobre las orgías en las que participaban John Kennedy, su cuñado Peter Lawford. Frank Sinatra y Sammy Davis jr. “Les dijo a los agentes que no estaba al tanto de ninguna indiscreción”, recoge el texto.

En otro dossier se indica que el FBI advirtió a Robert Kennedy (años después también asesinado) de que se preparaba el libro The strange death of Marilyn Monroe, de contenido peligroso. En esas páginas se vertía que Monroe, que fue amante de Kennedy, amenazó con hacer público su romance con Robert una vez que este rompió la promesa de divorciarse. La tesis: que la muerte de la actriz pareciese un suicidio.

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